¿Quién no se ha equivocado en su vida? Muchísimas veces los caminos parecen tan claros y sencillos de recorrer, pero en realidad, son simplemente espejismos que nos llevan hacia lugares traicioneros, impidiéndonos ver la realidad tal cual es. En el amor, esta confusión se presenta más de lo que creemos, y puede ser muy peligroso, ya que cuando comprendemos el error cometido, el miedo puede paralizarnos o impedirnos el regreso.
Eso mismo pensaba Jaime Lude, mientras recorría el trayecto hacia la casa de Catriel Solmán, la persona que más amaba en este mundo, y a una de la que más daño había hecho al ofenderlo por culpa de su maldita inmadurez.
Sin embargo, logró vencer sus miedos, al escuchar atentamente a su corazón, cuando este insistió, que quizá, no todo estaba perdido, y detrás de peligrosos senderos, brillaba la luz.
Deteniéndose en la puerta de su amado, tomó aire, y rezó por un milagro. Como una mágica respuesta, el sol apareció radiante tras las encapotadas nubes y lo cubrió con su magnífico resplandor
-Quizá sea un presagio-sonrió tocando valerosamente el timbre.
Sabía que sería todo o nada para él: la dulzura de la claridad o el dolor de las tinieblas. La puerta se abrió tímidamente, y Catriel apareció demostrando un profundo asombro por la inesperada visita.
-Hola, tenemos que hablar-susurró Jaime con un hilo de voz.
Un relámpago iluminó el cielo, y enseguida un trueno hizo temblar el corazón de los hombres.
-Pasa, está goteando de nuevo. Parece que va continuar lloviendo-asintió Catriel haciendo pasar al recién llegado sin hacer más comentarios.
Solo se escuchaba la voz de Jaime, cuando la primera estrella asomó entre los labios del dueño de casa, indicando que tal vez, el temporal había pasado.