El viento soplaba con fuerza cuando los dos hombres descendieron en la puerta de la casa, y tras un rápido beso se dispusieron a entrar.
Desde el cielo, los Dioses sonreían, finalmente Cupido había triunfado. Tenía razón, Orestes y Marcio habían nacido para estos juntos.
Una vez más, recostados sobre al cálido lecho, la pareja unió sus cuerpos y almas festejando el esperado reencuentro. Sabían que esta vez, era para siempre.
El divino hijo de Venus y Marte suspiró mientras tomaba otra flecha. Con seguridad, había muchos más mortales deseosos de recibir su poción de amor. No era buena idea hacerlos esperar. Esta compleja misión, ya había terminado, pero quedaba mucho más trabajo que realizar. Sonriendo dichoso, se perdió en la maravillosa noche que lo recibió ansiosa entre sus brazos, pues tenía claro, que en ese gracioso niño, residía la esperanza del mundo.